lunes 16 de febrero de 2009

De amor de locura y de muerte - parte 2 (como Horacio pero distinto?)


-...vos, Morel?. ¿Vos te querés ir?-
Habían ofrecido el despido en la empresa donde trabajaba y todas se estaban dando juntas: se vencía mi licencia de conducir, había aprendido a tocar bastantemente bien el cello, estaba harto de la rutina y quería salir a hacer barullo.
-Sí, quiero irme. Quiero salir a tocar.- le respondí a Héctor, el dueño de la empresa.
-Que raro! Nunca faltás, ganás bien, siempre cumplís... y te querés ir?!- estaba realmente sorprendido.
-Sí, no aguanto más. Quiero vivir de la música. Quiero recorrer el mundo con mi cello, ganar dinero y en lo posible ser rico y famoso...- lo último lo dije con "Rich and famous" de Gamma Ray sonando en mi quijotera.

Era una época de cambios y de hipocresías: el retiro de Menem, la cantada elección ganada de la Alianza con De la Rúa a la cabeza acompañado de su Judas personal el Chacho Álvarez, los sindicatos inconstitucionalemente peronistas preparando el golpe de estado al igual que le hicieron a Alfonsín... sí, un pueblo que solo quería que el Señor Fernando gobierne uno o dos años para derrocarlo y gozar de otro período de jodita justicialista. En todos los transportes se escuchaba la gente decir "no lo van a dejar gobernar", "no va a durar ni dos años"... la futura caída estaba en el inconsciente colectivo.

Moralmente no tenía ganas de dejar el trabajo porque supe desde el momento de la flaqueza de Menem que el sindicalismo estaba preparando un golpe de estado hacia el futuro presidente De la Rúa. Antes de las elecciones, ya se estaba despidiendo trabajadores por todos lados y con indemnizaciones en cuotas, -¿para qué?- Muy simple, para que una vez se terminen, la bomba desempleada estalle en medio del próximo gobierno. Tuve muchas ganas de quedarme a no seguir el jueguito del peronismo golpista pero ya no soportaba más la idea de quedarme detrás de un volante y no hacer lo verdaderamente mío: tocar música.

Moralmente decidí que ése era mi momento y no otro, hacía tres años que estaba estudiando en el conservatorio; siempre fui muy bueno a la hora de adaptarme a un instrumento. No hice la academia de música de chico porque nunca me gustó como tocaban y componían los que salían de ésos lugares. Odiaba escucharlos hablar de la música como si de matemáticas se tratase, recuerdo bien que me decía a mi mismo que "si iba a terminar tocando como esos nabos, prefería nunca aprender a leer en la puta vida una partitura". Tuve suerte que me tocaron buenos maestros y entendieron que estoy bastante loco. Recuerdo que mi amigo Santiago Rossi siempre me decía que tenía que hacer el conservatorio, que eso me iba a dar más herramientas para todas mis ideas, tuvo mucha razón.

Yo venía de tocar Grindcore, Heavy-Thrash, Heavy Metal, Black Metal y cuando le dije a un compañero de grupo de ese entonces que iba a ir a estudiar cello me dijo "¿cello?!!! Y eso que tiene que ver con lo que hacés?!!!". Ya había escuchado el violoncello en la famosa serie Fama, pero nunca supe si me caía mal el repertorio o la chica que tocaba el cello o ambas cosas. Siempre me gustó mucho la música de Antonín Dvorak, no tenía ni la más pálida idea que había compuesto un concierto para violoncello y orquesta. Una vez, en una disquería, revolviendo CDs (ya había, jeh jeh) me topé con Antonín Dvorak Cello Concerto in B minor Op. 104 y dije: "...y eso?!!!"
Al instante lo llevé a la caja y derecho a casa, lo introduje en la compactera y quedé totalmente sorprendido, no tenía idea de que el cello era tan versátil, y yo que lo creía un instrumento plano... la televisión es una mierda!
Al año siguiente me inscribí en el conservatorio.

Cursar la academia no me impidió tocar con mi vieja y legendaria BlackMass, tampoco me convirtió en un idiota matemático solfeando y siguiendo reglas en vez de sentimientos y expresión, al contrario. Creo que hizo justo lo que mi viejo amigo Santiago vaticinó, iba a ampliar mis herramientas. Los estudios musicales me ayudaron mucho en la composición de los solos. A causa de tener la muñeca derecha partida, mi manejo de púa era inigualable. Nunca fui primera guitarra y tampoco quise serlo, fui baterista doble bombo (muy bueno, por cierto), cantante de Grind, guitarrista de Black Metal... tenía una mano derecha que dejaba en ridículo a más de uno. Al tener la muñeca suelta, mis ritmos eran bastante bravos: 5/8, 6/8, 8/16, 7, 10, 11... y otros; mis melodías sonaban muy árabes y muy oscuras, todo menores armónicas y mucha velocidad. No duraba ningún primera guitarra. Nunca supe por qué, pero en este país se educa a la gente a fuerza del 4/4; lloraban los virtuosos! No era bueno haciendo solos y la academia me hizo zafar en ese aspecto, entonces pude llevar al escenario a mi vieja BlackMass.
Sí sí, como dice el dicho: BlackMass, Satan is free!

De la Rúa ganó la presidencia y yo salí a tocar el mundo con mis manos. Como me crié en la calle y "aprendí a tocar con los pibes tomando una birra" la composición era cosa de todos los días para mí. Si hay algo que diferencia al músico que toca "de oído" del que nació y creció en la academia es que el que "toca orejeando" tiene facilidad de expresar lo que siente a medida que va aprendiendo a mover los dedos, uno aprende componiendo, el académico no. Mi intención no es despreciar al que tiene estudios, sino mostrar que la educación musical en mi país está al revés. Pocos maestros de música en Argentina se dan cuenta del talento innato del músico compositor y otros directamente no están a la altura mental de entender que con "ciertas personas" el programa de estudios es al reverendo pedo. Otro golpe de suerte en mi vida fue que casi todos mis maestros/as pudieron captar mi capacidad de componer. No sé si fue mi rebeldía por hacer lo que se me cante con las herramientas que me dieron o si ellos eran flexibles con mi persona, no todos tuvieron esa suerte. El objetivo del conservatorio en Argentina es sacar docentes a trabajar en escuelas, nunca un artista. Duré cuatro o cinco años en el conserva, mi objetivo era aprender a manipular el violoncello, aprender a leer y escribir lo que toco, nunca sentarme a deliberar si Mozart componía por terceras o quintas consecutivas, si Beethoven era sordo o se hacía, si Brahms escribía sus partituras con pluma o bolígrafo... cuanto sentí que estudiar tanta teoría me estaba quitando tiempo de cello, sentí que me faltaba el aire y mi asfixia era cada vez mayor, sentí que era el momento de partir. Abandoné la academia.